lunes, 1 de agosto de 2011

Landing in reality

29 de julio y no había cambiado mi rutina de vida, me había dedicado 13 días a evadir mi éxodo, hasta que ese viernes me lanzaron el dardo de la realidad y reaccioné, tenía que aterrizar...
Aterrizar a que sólo dispongo de 3 semanas para desarmar 29 años de vida, poner lo que me cabe en una maleta y que no exceda de 30 kilos, demasiado pequeña para tanta vida, buena vida definitivamente.

Y para aterrizar debí buscar una pista, un lugar donde enfocarme para empezar el éxodo: desocupar mi puesto de trabajo.
Fueron 4 años y 106 días, el segundo lugar físico después de mi cama donde más tiempo pasé. En esa silla verde ya desgastada por el uso inventé experimentos, resolví problemas administrativos, lloré por amor, recibí grandes y hermosas noticias, pelié con los resultados, descubrí mi vocación, mis fortalezas y debilidades, soñé con vidas paralelas y tome decisiones trascendentales, como la de emprender nuevos rumbos y salir a tomar el mundo con mis manos.
No puedo dejar de mencionar las hermosas personas que estaban a mi alrededor, que me contenían cuando lo necesitaba, me aconsejaban día a día, me enseñaban y yo enseñaba a otros. Fue mi segunda familia desde que decidí seguir mi vida sola y parte de lo que soy, en el aquí y ahora del tiempo y el espacio, lleva el legado de ese grupo de personas.

Agradecida de todo eso, lloré sobre mi escritorio vacío, siempre desordenado, con tazas de té a medias, con mate frío y con fruta esperando por ser comida, las manzanas vivían tras mis pantallas por semanas hasta que terminaban en boca de otros, lloré y mucho porque estoy asustada del aterrizaje, pero el susto no me detendrá, seguiré adelante llorando todo lo que tengo que llorar para armar una buena maleta para emprender mi viaje

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