jueves, 21 de octubre de 2021

Cicatriz de porfía

Cuando te conocí, recuerdo el instante en que tuve la posibilidad de salir corriendo y no volver a verte nunca más. Me sentí en peligro en ese instante, pero adicta a las emociones intensas como bien lo soy, decidí quedarme. Me quedé un año, visitando tu hogar y tus rincones. Me impregné de tu aroma, me intoxiqué de tus ojos azules profundos y mantuve una esperanza que no tenía por donde crecer. Y te amé, cada noche, cada día, cada segundo antes de llegar a verte, en esas brechas de tiempo interminables e insufribles entre cada visita a tu persona. Fui conociéndote, aprendiendo, construyendo un nosotros que era solo para mi. Y te amé, a pesar que no valides como posible esos sentimientos. Te amé porque siempre te he deseado el bien, porque te admiro y porque siempre te he querido libre y feliz. Me preguntaste por mis tatuajes, por quienes me los había hecho y qué nombre de varón tenían. Te respondí:"No tienen nombre, me los hice por mí". Y unas semanas después, por caprichos del destino, en nuestra primera y única escapada romántica, me gané una cicatriz en mi brazo izquierdo, una marca que nunca podrá separarse de tu nombre pero quizás si me permita recordar mi porfía al no salir huyendo cuando debía, el haberte amado inocentemente a pesar de todo.