Me llegó un mate de metal con un mango negro y una bombilla tipo cucharita. Me serví el primero de muchos mates para amenizar mi día. Y al primer sorbo, cerré los ojos y volví al sillón café que estaba en el patio del hostal transilvania de Baños, Baños.... y volvía a su lado, a respirarlo, a perderme en sus ojos cafés profundos. Jamás me había encontrado con unos ojos como esos, que podía mirar sin pestañar, sin bajar mi mirada y perderme en ellos, descubrir su alma y su corazón, ufff que nostalgia.
Trague el mate y llegó a mi estómago, mientras mi mente volvía a sus lecciones de como preparar un buen mate, la cuál partió con las indicaciones de proporciones de yerba, agitación para botar el polvillo, inclinarlo hacia un lado para agregar el agua de ese lado y vaya soltando el sabor poco a poco, su termo y la temperatura ideal del agua....
Me lo preparó con tanto cariño, bebió el primero, pues decía que era el más amargo y lo debía beber siempre quien lo había preparado, y cuando fue mi turno y tomé el primer sorbo, ese mate me llegó directo al corazón, en ese lugar de Ecuador lleno de cascadas y aventuras, ese mate llegó hasta mi alma y no me podré olvidar jamás de su sabor.
Y me agarraron del brazo y me dijeron "nos esperan a reunión", y aunque bajé a la sala y estaba mirando la presentación, mi cabeza quedó pegada en ese sillón con sabor a mate.